Tuesday, September 8, 2009

Hace quince años. 6 de septiembre (Día 2)

Empezaba a amanecer cuando pasamos entre Cayo Sal y Cayo Anguila. Eso quería decir que ya habíamos salido de las aguas territoriales cubanas y que por primera vez era libre. No sabía nadar, pero que importaba, si el sol era una bola naranja sobre el horizonte, y yo tenía la tranquilidad de haber salido del infierno.

Celebramos el evento como podíamos en medio del mar, con un cigarro, un abrazo, una sonrisa y dándole las gracias a los santos de nuestras estampitas.

De pronto vimos algo parecido a un corral lleno de gente flotando en el mar. Remaban demasiado rápido hacia nosotros y alguien gritó que le metieran toda la velocidad al motor, mientras otro explicaba que seguro eran balseros piratas. Fueran piratas o no, nuestro barco no aguantaba las quince o veinte personas que navegaban en aquella balsa.

Seguimos navegando hacia el nordeste, tratando de alejarnos de la zona dónde pensábamos navegaban más guardafronteras norteamericanos a la búsqueda de balseros que serían rescatados y conducidos a Guantánamo.

Alrededor del mediodía ya al Gato -que era como le decían al señor mayor que conducía el bote- le parecía que habíamos ido demasiado hacia el Atlántico. Así que se sentó en la baranda, un pie en el mar y otro en el timón, y cambió el rumbo hacia el oeste.

Yo traté de tomarlo con calma. Me quité la blusa para quedarme con la parte de arriba del biquini y me senté con mis primas a fumar en la parte de atrás del barco. ¿Y si habíamos gastado demasiado combustible?

Serían como las tres cuando empezamos a navegar paralelos y al sur de una cadena de cayitos que eran puro diente de perro. Estaban muy pegados entre ellos y era casi imposible atravesarlos y seguir hacia el norte sin llegar hasta el extremo oeste de ellos. El agua era de un verde-azul precioso y tan transparente que se veían los pliegues de las rocas en la parte de ellas que se sumergía. Un paisaje aterrador y hermoso.

Como a las cuatro de la tarde amarramos el bote a una roca, en la entrada de una ensenada al sur de uno de los cayos más grandes. Los hombres se pusieron a recorrerlo y regresaron con los restos de una nevera que tenía agua lluvia acumulada. Las mujeres se pusieron a cocinar, los muchachos a bañarnos en la playa y los que conducían el barco a escuchar las noticias en un radio portátil.

En la radio advirtieron que la probabilidad de tormenta para el Estrecho de la Florida era alta. No quedaba mucho de sol y atravesar por entre los cayos para cortar camino era un riesgo que no podíamos tomar. No había mucha profundidad y las probabilidades de encallar eran también altas. Decidimos quedarnos a dormir en el cayo.

Oscureció y algunos nos acomodamos como pudimos entre las rocas. Un grupo hizo una fogata que me hacía pensar demasiado en Guantánamo. Otros se fueron al barco.

Empezó a caer tremendo aguacero y fuimos más en el barco. El mar se fue picando más y más. En una de esas, el bote se zafó de dónde lo habían amarrado y empezó a dar golpes contra las rocas. Una de mis primas se quería tirar al mar. Yo le decía que yo iba a esperar, al fin y al cabo no sabía nadar. Que fuera lo que fuera.

Casualmente, ella había ido al camarote a orinar en un tibor que hacía de inodoro y, al salir, había chocado con un cuadro de la Virgen de la Caridad que colgaba de la puerta. En vez de ponerlo en su lugar, lo había colocado sobre el motor. Vi el cuadro moviéndose, miré al cielo y todo estaba negro, de pronto rojo, naranja, amarillo. Empezaba a amanecer y no sabía que tiempo habíamos estado dando tumbos ni como habían logrado amarrar el bote otra vez a las rocas. Pensé en las personas que habíamos visto navegando en aquella especie de corral. Sólo un milagro podía haberlos salvado.

4 comments:

Cero Circunloquios said...

Vero, que odisea!
Niurki

Morgana said...

Tan interesante como aterrador...gracias por compartirlo con nosotros.

Un abrazo!

Anonymous said...

Ya me lei la 3ra parte en PD. Mereces lo mejor y toda la felicidad posible, porque escogiste la libertad como opcion, en ello te iba la vida y no dudaste. Felicidades por los 15, un abrazo,

Alcides

Evidencias said...

Niurki, Morgana, he escuchado cuentos peores. Yo hice el viaje muy tranquila y siempre he tenido un momento para pensar en ese color precioso del mar o en la noche repleta de estrellas. No solo ahora que han pasado 15 años.

Querido Alcides, ya lo has dicho, mejor ser libre.

Abrazos a los tres.