
La entrevista, tomada de
El País, se celebró en su casa en La Habana. En ella habla de su nueva novela,
El hombre que amaba a los perros, la cual recrea la vida de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, y le da vueltas al socialismo.
P. En esta novela y en otras suyas muchos personajes son gente decepcionada y arrepentida. Gente que se quiere ir del país, que está cansada de anteponer los sueños individuales a los colectivos, harta de que el Estado se meta en todo... R. Desde los años finales del siglo pasado en la narrativa cubana se ha trabajado lo que se ha dado en llamar la literatura del desencanto, que no es solo un reflejo de la crisis que vive el país desde entonces, sino y sobre todo, del cansancio de los individuos. El exilio al que se han ido tantos cubanos es una de las manifestaciones de ese desencanto. Pero también lo es la opción por la crítica y el debate de muchos de los que nos hemos quedado a vivir en la isla.
(...)
P. ¿El socialismo cubano puede reinventarse o ya está agotado?
R. Yo no soy un político y no sé si el modelo está agotado, porque de hecho se ha sostenido veinte años después de la caída del muro de Berlín. Pero como ciudadano que he vivido muchas de las carencias, vicisitudes y dogmatismos que nos han asediado por años. Como escritor y hombre de pensamiento, creo que se necesita refundar una utopía y no solo para Cuba, sino para todo el mundo.
P. Al llegar al poder Raúl mucha gente albergó expectativas de cambio. Han pasado casi tres años...
R. En Cuba se libra una lucha contra el tiempo, y cada vez hay menos tiempo. Hay lastres muy pesados y peligrosos para la estabilidad y el futuro del país: la ineficiencia y la asfixia de una economía que no acaba de encontrar cauces productivos; el crecimiento de la marginalidad y la corrupción (y corruptos son, sobre todo, quienes tienen algún poder); el burocratismo agobiante y parasitario; la acumulación de necesidades muy diversas (vivienda, alimentación, la relación desquiciada entre salario y costo real de la vida, etc.); la desorganización... Hace falta ver si todavía hay capacidad para cambiar todo lo que debe ser cambiado, introducir esos cambios estructurales y conceptuales que se mencionan pero no se definen.
P. Todo sigue estando en manos de los históricos...
R. Los cubanos llevamos casi veinte años viviendo en medio de una crisis económica propia, y antes vivimos todas las carencias y sacrificios de los años sesenta y setenta -incluida en ese tiempo la más férrea ortodoxia política que marginaba a religiosos, homosexuales, y condenaba cualquier desacuerdo y que, por respuestas como las que le doy ahora, me hubieran caído encima años de marginación intelectual-. Por esa persistencia de las crisis hay tantos que emigran o se agotan: pero precisamente por haber soportado tantos sacrificios y necesidades, creo que la gente en Cuba se merece un futuro mejor y el derecho a la crítica. Entonces, ya sean los 'históricos' o los emergentes, el deber de los que gobiernan es responder a esa necesidad e introducir los cambios que preserven lo aprovechable y que procuren soluciones a lo no resuelto.
P. ¿Qué le pareció el concierto de Juanes en la Plaza de la Revolución?
R. Me pareció muy bien. Un concierto sin consignas políticas, en el que el mensaje principal es la paz y la comprensión, eso en Cuba me parece una cosa extraordinaria y necesaria. El concierto tuvo un mensaje renovador, fue un revulsivo de cosas que están anquilosadas... Todo lo que sea apertura, en cualquier sentido, es importante.